El problema que para las familias suponen las personas de edad avanzada
se plantea incluso en lo más elemental: no sabemos ni cómo referirnos a
ellas. Tercera edad, personas mayores, viejos, abuelos, ancianos... La elección no es fácil.
En el fondo, este problema, manifiesta la incertidumbre que padecemos ante los grupos socialmente
menos favorecidos, o marginados de la vida cotidiana. ¿Dónde los
colocamos? ¿Cómo los valoramos? ¿Cómo los tratamos? ¿Qué hacer para que
no se automarginen?
La sociedad excluye a los ancianos y ellos mismos parecen en muchos
casos dispuestos a arrinconarse en el furgón de cola, el de los menos
activos. Desde esas dos dimensiones complemetarias debemos contemplar
la situación: qué podemos hacer por el colectivo de los viejos y qué
pueden hacer ellos por sí mismos. Para empezar, una de las asignaturas
pendientes de esta sociedad que envejece a un ritmo preocupante, es cómo
cambiar la imagen del envejecimiento, paso indispensable para que tanto
las personas que entran en esa fase vital como la sociedad en general
modifiquen sus actitudes ante los ancianos.
¿Que hacer para ayudarlos?
¿Que hacer para ayudarlos?
Trasmitir a la sociedad en su conjunto las necesidades de los mayores, qué piensan, cómo se sienten. Todos deberíamos saber que es una
situación que nos va a llegar, no podemos seguir mirando a otro lado, y
negarnos a nosotros mismos que nos acercamos, o que ya hemos llegado a
la Tercera Edad.
Es difícil, porque los intereses de mercado
han instalado el mito de la juventud y han dictado que esa fase de
nuestra vida, efímera por definición, debe perdurar indefinidamente.
Cada arruga es una herida que debemos ocultar, en lugar de la feliz
constatación de que seguimos viviendo, disfrutando de nuestro
crecimiento personal y de otros placeres anteriormente desconocidos o
insuficientemente valorados.
Fuente de información: http://revista.consumer.es/web/es/20001001/interiormente/
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